Al amanecer del 19 de septiembre de 1891 un estruendo despertó al vecindario de la calle Amunátegui (entre Agustinas y Huérfanos), en los altos de la Legación Argentina, residencia diplomática, el Presidente de Chile José Manuel Balmaceda había terminado con su vida.

Seguramente el balazo lo escuchó Carlos Walker Martínez, propietario y vecino de la vivienda colindante, a la sazón jefe político del Partido Conservador, triunfante en el reciente alzamiento contra el gobierno constitucional. Walker estaba al tanto del «huésped» que la Legación ocultaba a los curiosos e, incluso, llegó a conversar con Uriburu el jefe diplomático de esa representación, buscando una fórmula para que el Presidente se entregara a las autoridades de la Junta de Gobierno.

La presencia de Balmaceda en la Legación era un secreto a voces, el Presidente lamentaba incomodar a los dueños de casa por el asedio y la pillería de los triunfadores, pero en verdad sólo estaba esperando el cumplimiento de un plazo para terminar con esa incomodidad.

El 18 de septiembre de 1891 J.M. Balmaceda cumplía la totalidad de sus cinco años de duración de su mandato constitucional. Terminado aquél y convertido en un ciudadano cualquiera, despojado de su alta investidura, que resguardó hasta último momento, decidió terminar con su vida esa mañana de septiembre.

Nos dejó un testamento político, allí están sus descargos, también una lectura interesante de la realidad política de fines del siglo XIX chileno. Pero, aún más importante, es el legado respecto a la conciencia del alto cargo que detentaba. Se negó a un juicio político, que a todas luces no sería justo, porque no quería arrastrar al oprobio y la burla la dignidad del cargo que ocupaba. Una gran lección para quienes creen que los cargos públicos les pertenecen y son una extensión de sus vidas y proyectos personales.

Una lección para todos los funcionarios públicos, también para toda y todo aquel que lidera procesos sociales: la representatividad es una confianza momentánea, a veces pasajera, que se nos concede. Ello no nos da ni impunidad ni superioridad sino la responsabilidad de estar  a la altura del mandato entregado.

Por todo esto recuerdo con cierta emoción estos días de septiembre y también recuerdo otra mañana, la del sábado 28 de febrero de 2010. El terremoto de la madrugada anterior había causado estragos, la caída del dintel del primer pórtico de acceso bloqueaba el paso al Patio de los Cañones en el Palacio de la Moneda. Entonces había que «dar la vuelta» por las oficinas de la Presidencia en el segundo piso. Es lo que hice y al pasar por la Galería de los Presidentes veo el busto del Presidente Balmaceda, como otros, botado boca abajo. Entonces, sin pensarlo, me animé a levantarlo para que al menos estuviera en el piso como correspondía.

Era un busto de mármol muy pesado, alguien me ayudó y cumplimos nuestra tarea.

Este 19 de septiembre Presidente, tampoco te olvidamos.

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