Siempre habrá sinvergüenzas y abusadores, la pega de todos y todas es que, simplemente, no tengan poder.

La democracia se resiente cuando las instituciones que permiten que ella funcione se debilitan o son cooptadas por algunos, ya sean poderosos o mentirosos.

El estallido social, la revuelta de octubre del 2019, surgió en gran parte porque muchos sintieron que la democracia no era sino un titular engañoso, una cáscara vacía, un remedo de buenas intenciones.

Con todo, estuvimos a la altura y generamos, todos y todas, un mecanismo para resolver esta situación. Vino el plebiscito, el triunfo demoledor del Apruebo y la elección de una Convención Constitucional que no sólo dio cuenta del descrédito de las viejas fuerzas políticas, sino también de la esperanza reflejada en nuevos liderazgos ciudadanos.

El triunfo de independientes y, en especial, de la lista del Pueblo permitió que una de las funcionalidades esenciales de la actividad política, aquella relacionada con la representatividad y reflejo de la realidad social y política de la sociedad, cobrara sentido. Los independientes ganaron para llenar un espacio y completar la falta de representatividad de los viejos partidos.

Si la representatividad es un funcionalidad esencial también lo es la conducción y el liderazgo. No basta que las y los políticos representan genuinamente a otros y otras, sino que también deben encausar, sugerir, orientar, persuadir y encabezar procesos. Para hacerlo es esencial que la política esté impregnada, hasta los tuétanos, de confianza y ética, porque sin ello no hay liderazgo posible.

Las últimas semanas el terremoto ocurrido interior de la Convención Constitucional, a partir de los sucesos deplorables protagonizados, ya sea por miembros de la Lista del Pueblo, ya sea por el candidato presidencial apoyado por este referente, son un misil en la línea de flotación de esa barca de esperanza, de renovación, de regeneración, que significó para muchos y muchas ese bloque político.

El liderazgo se diluye a la par que la barca se hunde. El abatimiento entre sus esperanzados electores es brutal. Pero la suerte de los integrantes de la Lista del Pueblo es una cuestión menor. Lo importante es el destino de la Convención Constituyente y del trascendental proceso del que está a cargo.

La pelea de todos estos días debe ser que el fraude, la puesta en escena de una enfermedad mortal para obtener votos y recursos (por medio de rifas y eventos de beneficencia); el rechazo de firmas de una postulación presidencial obtenidas con patrocinio de un Notario muerto; el desbordado pago de honorarios a parientes; en fin, que todo eso sea una anécdota.

Porque lo importante es que en unos meses más estemos discutiendo cómo votar una nueva constitución, una casa de todos, sin exclusiones, un nuevo trato que nos rija por décadas… Que los tweet y los titulares de estos días sirvan para entender que no hay recetas mágicas, que la política no es milagrosa, que se construye día a día, que siempre habrá sinvergüenzas y abusadores, que la pega todos y todas es que, simplemente, no tengan poder.

 

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